José Esquinas, después de trabajar 30 años para la FAO, denuncia la falta de voluntad política necesaria para acabar con el hambre

«Si el hambre fuera contagiosa, habríamos acabado con ella hace muchísimo tiempo»

Menciona alguna de las posibles soluciones: la regulación del mercado de los alimentos para evitar la especulación, y una regulación eficaz contra el acaparamiento de tierras

Entrevista realizada por Gabriela Sánchez para eldiario.es

Después de trabajar 30 años para la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), José Esquinas parece intentar contribuir a la erradicación del hambre con cada palabra que pronuncia. Tachado de idealista en más de una ocasión, tiene muy claro que el objetivo que persigue no pertenece a la utopía: en un mundo que produce comida suficiente para alimentar a un 50% más de la población mundial, no comprende cómo cerca de 40.000 personas mueren cada día por no ingerir alimentos.

No comprende, pero sí explica y señala responsabilidades: la falta de voluntad política impide el acceso a los alimentos en determinados países del mundo. Se refiere a la pasividad de los dirigentes para evitar el despilfarro. Aquella que no regula el mercado de los alimentos para acabar con la especulación y continúa permitiendo el acaparamiento de tierras. La que mantiene las cifras de la «mayor pandemia de la humanidad», la que provoca esas «muertes silenciosas» a las que hace referencia.

Como uno de los embajadores de la Campaña de Oxfam Intermón ‘Alimentos con poder’, que trata de poner el foco en la capacidad de la producción alimentaria como método para fomentar un desarrollo sostenible, Esquinas nos recibe con ganas de hablar. A sus 68 años, después de pasar por prestigiosas universidades, confiesa cuál fue la más productiva: el campo. Escoge un profesor: su padre. De ahí, quizás, su pasión por la agricultura y su entrega a la consecución de su meta: lograr que ninguna persona sufra por llenar su estómago.

¿Cuál es el verdadero poder de los alimentos?

Los alimentos son la base, sin alimentos no hay vida. Pero no sólo eso, es mucho más. Un estómago vacío, una persona con hambre, va a utilizar toda su capacidad de creación para ver cómo puede alimentarse. Nada más. Sin embargo, cuando está alimentada utiliza toda esa energía para crear, para interaccionar, para ayudar, para ser un miembro activo de una sociedad y poder desarrollarse como ciudadano en todos los aspectos.

Cuando se habla de ayudar a la erradicación del hambre, es mucho más que la ayuda asistencial. No consiste en entregar alimentos. Consiste en ayudar a ayudarse, ayudar a las poblaciones a no tener la necesidad de pedir comida porque podrán producirlos por sí mismos. Ahí interviene la idea de sostenibilidad. Esos son los alimentos con poder.

Sin embargo, mientras se realizan esfuerzos a nivel mundial por la erradicación del hambre, las cifras de despilfarro continúan en aumento.

Según la FAO, hay comida suficiente como para alimentar a un 50% más de la humanidad. El alimento existe, está en el mercado internacional, pero no llega a la boca del que tiene hambre: es un problema de acceso. Por tanto, si el problema es de acceso, es determinante la falta de voluntad política.

En España hoy, en tiempo de crisis, somos uno de los países con mayor despilfarro: tiramos 7 millones de toneladas métricas de alimentos al año, lo que se traduce en 165 kg por persona. Tiramos el 30% de los alimentos que compramos, y lo que es aún más grave: el 15% de los alimentos que compramos los tiramos sin haber abierto el envoltorio. Es una cuestión de prioridades.

Usted dice que el hambre existe por falta de voluntad política para erradicarla. ¿Dónde se refleja esta dejadez de los dirigentes y por qué cree que no existe una determinación real para acabar con ella?

El hambre es la mayor pandemia de la humanidad. Cerca de 40.000 personas al día mueren como consecuencia del hambre. Si pensamos en otra enfermedad, las cifras son absolutamente incomparables. Se invirtieron cantidades enormes de dinero para combatir la gripe A. ¿Cuántos murieron en todos estos años? 17.000. Es decir, menos de la mitad de los que mueren en un día de hambre. Si el hambre fuera contagiosa, habríamos acabado con ella hace muchísimo tiempo.

¿Cuántos murieron en el atentado contra las Torres Gemelas? ¿Cuántos han muerto en Filipinas? Siguen siendo menos personas de las que mueren de hambre en un solo día y, en estos casos, el mundo se pone boca abajo. Son motivos para hacerlo, pero habría que ponerse también patas arriba en el caso de los fallecidos por no comer. Son muertes silenciosas.

Pero hay más: con el 2% de lo que se ha gastado para solucionar el problema de la banca en Occidente, podríamos haber acabado con el hambre de una forma sostenible, fomentando la producción local. Estamos gastando en armamento 4 mil millones de dólares al día. Si dividimos esta cifra entre los que mueren cada día, tenemos 100 mil euros por muerto. Con ese dinero, estas personas podrían vivir más de 100 años, teniendo en cuenta el precio de los alimentos en los países con mayor índice de mortalidad por esta causa. En 2005, el número de obesos sobrepasó el número de hambrientos.

¿Por qué ha de tomarse el hambre como un problema global?

Sin seguridad alimentaria, no es posible la paz ni la seguridad mundial: la mayor amenaza para la paz es el hambre. Los países desarrollados han empezado a darse cuenta, por primera vez han introducido el tema de la seguridad alimentaria en la agenda del G8 y del G20.

El hambre es caldo de cultivo de los grandes factores desestabilizadores que vemos en Occidente: la violencia internacional y los movimientos migratorios. En un mundo globalizado, ya no hay compartimentos estancos. Estamos en una pequeña astronave, dando vueltas alrededor del sol, con recursos naturales y limitados. Si se hace un agujero en esa nave, da igual que el agujero esté en África o en Europa, se puede hundir la nave entera. Estamos en una casa común donde si aparecen goteras e inundaciones en la cocina, también está en peligro el dormitorio.

Un ejemplo es lo que ha ocurrido en Lampedusa. Cuando muchas personas tienen mas riesgos de morir quedándose en su país de origen que subiéndose a una patera, nadie va a impedir que lo hagan. Si se mueren durante el trayecto, no pasa nada, van a seguir subiéndose en ellas. Nadie va a poder evitar que vayan de la cocina al dormitorio. Si queremos acabar con ese descontrol absoluto, debemos ayudar a ayudarse, intentar que estén bien donde están y que vivan seguros en sus países. Sin embargo, la Ayuda Oficial al Desarrollo continúa bajando.

Y en vez de atajar las causas, se colocan cuchillas.

Eso es miopía política. Eso es que cuando señalas la luna, están mirando el dedo. Volvemos a las prioridades: en lugar de incluir en los programas electorales los problemas importantes, están introduciendo asuntos menores. Además, por una cuestión humanitaria, colocar cuchillas es un crimen, no puedes condenar a una persona a morir de hambre allí, o a cortarse las venas y morir desangrado en la valla. Eso puede ser legal, pero no es moral.

¿Qué se entiende actualmente como especulación alimentaria?

La especulación en el mercado de futuro de los alimentos está marcada por la primera crisis alimentaria, en 2008, que tuvo muchas causas. El cambio de hábitos alimenticios de los países emergentes, los cambios climáticos… Pero, sobre todo, el incremento de la producción de biocombustibles. Su impulso en determinados países provocó que en una misma cantidad de tierras compitiesen dos objetivos: alimentar a personas y alimentar coches.

Aunque se ha hecho durante décadas, la especulación con los alimentos se intensificó a partir de 2008. Los grandes inversores, que quieren huir de ese mercado inmobiliario, encuentran refugio en los alimentos, ya que es algo que todo el mundo necesita para vivir e invierten en el sector.

¿Cómo se especula en el mercado de futuro de los alimentos?

Grandes entidades financieras con capacidad de invertir deciden que pueden prever que va a subir el precio de los alimentos en un determinado periodo de tiempo. Entonces, cuando se espera que se produzca la subida, compran la producción al agricultor antes de que la recolecte, o incluso antes de que la siempre, bajo la condición de que la mantenga en el campo de cultivo hasta que los especuladores decidan cuándo la puede recoger. De esta forma, solicitan que el agricultor mantenga su producción en la tierra hasta que tenga un precio y un comprador determinado.

El agricultor recibe un alto porcentaje del pago de esos productos antes de producirlos y, cuando están listos, le avisa: «Ya están maduros, cuando quiera los recolectamos’. El primer comprador comprueba que las demandas a la producción puedan satisfacerle. Si es así, dará su aprobación. Si considera que los precios no le compensan, pedirá al agricultor que espere un poco más, hasta que este acaba diciéndole: «Oiga, que el producto empieza a pudrirse, ¿qué hago?». Y el inversor responde: «Entonces, deje que se pudra, así subirá el precio».

Eso es la especulación del mercado de futuro: dejar que los alimentos escaseen para que suban los precios. Eso es un crimen, pero es un crimen legal. Una de las soluciones para acabar con el hambre es regular el mercado de futuro de los alimentos.

En alguna ocasión usted ha dicho que entró en la ONU con la ilusión de formar parte del lugar desde donde se supone que se podía cambiar el mundo. ¿Sigue pensándolo o salió decepcionado?

Muchas veces me he frustrado por la lentitud, la burocracia, descubrir traiciones a los verdaderos ideales de la FAO… Ha habido momentos en los que hasta he llorado de impotencia por ver determinadas circunstancias. Pero también viví la otra cara. Hoy la ONU es el único foro internacional global que puede tener debates sobre determinados temas bajo la atención mediática. Actualmente, las Naciones Unidas son insustituibles. No son perfectas, pero no existe un foro menos malo.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando se creó esta institución, se dijo: «Nosotros, los pueblos del mundo, establecemos un sistema […] para sustituir los cañones por el diálogo». Pero al final, no fueron los pueblos, sino los Gobiernos del mundo. Quienes están representados son los dirigentes de los países. En muchos casos no son democráticos pero, aunque lo sean, muchas veces se anteponen los intereses de cada Estado, con la vista fijada en las siguientes elecciones, por encima de los intereses del mundo y de las generaciones futuras. Es importante ir más a allá, hay que buscar un foro de pueblos, un Parlamento mundial. No para sustituir a la ONU, sino para complementarla.