Creo que perdí unos libros. Anduve haciendo gestiones burocráticas una mañana de agosto y cuando regresé a casa me esperaba un Aviso de Visita del Correo Argentino. Con fastidio, porque casi siempre hay alguien para recibir los libros que me envían las editoriales, supe que tendría que ir hasta las oficinas de la plaza de Godoy Cruz al día siguiente a recuperar el paquete que no me encontró donde debía esperarlo. Pero no, la encomienda no estaba, ni ese día ni el siguiente. Intenté averiguar quién era el remitente, pero no supieron ni quisieron decírmelo. En síntesis, hice un reclamo formal, lo firmé y seguí con mi vida, sus dolores y sus brisas.
Ayer me llegó una carta en la que, luego de las explicaciones protocolares y la promesa de poner todo el empeño necesario para atender mi reclamo, me sugieren «que ponga en conocimiento al remitente del envío a fin que el mismo inicie formal reclamo.» (Respeto la sintaxis del original, aunque me duela el estómago). Y me saludan cordialmente. Es Walter Martínez el de la firma, la sintaxis, la sugerencia y la cordialidad. El sello afirma que pertenece al Centro de Servicios y Atención al Cliente del Correo Oficial de la República Argentina S.A. Otra vez el fantasma de Kafka flotando en nuestra tierra. Si no sé cual es el remitente, ¿cómo hago para sugerirle que inicie un reclamo que ya está iniciado por el destinatario, es decir, yo? Todo lo que pude averiguar es que el paquete fue devuelto a la Sucursal Las Heras, de Macrilandia, y que el reparto de allí lo entregó a Eugenia (¡sic!), pero no me dan el domicilio y sospecho que bajo la jurisdicción de la sucursal me va a resultar un tanto difícil censar a todas y cada una de las Eugenias de la zona. Por eso digo que creo, con sólidos fundamentos, que perdí esos libros. O que Franz los está leyendo abrazado a Milena. Un burrócrata, de los que abundan todavía en el país, duerme la siesta como cada día con una sonrisa, entre estúpida y beatífica, seguro de cumplir con su tarea según el reglamento que lo abriga desde hace mil años.
Mientras tanto, Rufino Robledo, 73 años, jardinero, está trabajando en el mismo domicilio en el que su esposa es empleada doméstica. Rufino está muy resfriado y padece diabetes 1 y 2. Empieza a sentirse mal. El dueño de casa se ofrece a llevarlo a un sanatorio. Se suben rápidamente al auto y salen. Al llegar frente a la Clínica de Cuyo Rufino empeora. Entonces detienen el vehículo y él entra a la Clínica a pedir auxilio. Solicita un médico, urgente, y le preguntan qué cobertura de salud tiene. Obra Social de Empleados Públicos, tiene. Le informan que la Clínica no recibe pacientes de OSEP. Rufino se retira, sale y en la vereda, se desploma y muere. Aunque la crónica no sea exactamente fiel a lo que ocurrió vale como relato de la inmunda relación que los prestadores privados de salud tienen con la renta como principio ético fundamental en su actividad. Estela Martínez, portavoz de la empresa, manifestó que una persona (Rufino, se entiende) entró y preguntó si allí recibían OSEP, pero que no dijo estar descompuesto ni solicitó auxilio. He consultado con algunos amigos médicos . Me aseguran que un ser humano, diabético, resfriado y que está sufriendo una descompensación general no necesita decir nada. Se le nota en su palidez, en su rostro sudoroso y la dificultad respiratoria.
En su página oficial (www.clinicadecuyosa.com.ar) la Clínica habla de «valor por la vida» y expresa que ponen «todo su conocimiento y esfuerzo personal» al servicio del paciente. Si no resultara trágico y perverso, sería cómico. Por las dudas, no figuran los nombres de los accionistas ni el de los responsables administrativos del negocio. Sí, el negocio, porque cada bípedo que entra al edificio, por sus propios medios o en ambulancia, ostenta en su frente el signo pesos para estos carroñeros con título habilitante.
Se ha naturalizado de tal manera el concepto de que para estar sano hay que pagar que, me temo, mucho le costará a la familia del jardinero convencer a los señores jueces de que la empresa cometió un delito. Imagino a los asesores letrados de la sociedad anónima interponiendo recursos (siempre habrá un colega que acepte esa zancadilla jurídica de moda, la cautelar), porque tienen aceitado el uso del Manual del Perfecto Chicanero.
Si mi Martínez ha perdido unos libros puede seguir su vida en paz. Jugará tenis los sábados con sus amigos, sufrirá cada domingo con Racing, tendrá sexo los viernes con su esposa y podrá soñar con ese viaje a la Polinesia que lo obsesiona desde años. Tantos años como lleva su rutina de oficinista kafkiano.
En cambio, la Martínez de Rufino nos ha dejado sin un trabajador de la naturaleza, seguramente abuelo, un buen tipo, quiero creer.
Los diarios de hoy ya hablan de otras cosas. Es que ganó Boca, hay una nueva profecía trucha de Carrió y comienza el programa de Susana Giménez.