“La crisis profunda que atraviesa el mundo de hoy no se refiere sólo a la economía. También los modelos políticos democráticos están siendo confrontados por el desafío del cambio.

El Partido de los Trabajadores, que fue la punta de lanza de las transformaciones en Brasil en los últimos años, no se opone a la necesidad de cambios. Nacido hace 33 años a partir de las luchas sociales y comprometido con todos aquellos que vivían al margen de la política en Brasil, hoy el partido necesita renovar y reencontrar esa alma generosa que animó sus primeros años de vida.” dice Marco Aurélio García, consejero especial de asuntos internacionales de la presidenta Dilma Rousseff y, antes, de Luiz Inácio Lula da Silva.

Sin duda esta visión se circunscribe a las masivas manifestaciones que tomaron por sorpresa a Brasil. Desde los movimientos sociales convocantes que vieron pasar su número de centenas a cientos de miles en pocos días, pasando por la oposición al gobierno, que primero criticaron la protesta social, por estar condicionados por su mirada corporativa que detestan las chusmas movilizadas, para luego intentar conducir el descontento hacia la inestabilidad destituyente.

Los oficialismos de varias ciudades se vieron desbordados y arremetieron represivamente contra la población, azuzando aún más la movilización. Sin embargo, Dilma Rousseff hizo una lectura inteligente de la situación y convocó a sus aliados que se manifestaban por reclamos justos y también a las organizaciones opositoras que encontraron en las denuncias de la corrupción, la falta de transparencia, la mala calidad de los servicios que presta el estado y de repudio a la represión, una veta para esmerilar un gobierno que se hace fuerte en las clases sociales bajas.

Críticas y desafío

Lo cierto es que todas las críticas son atendibles y generan un desafío para este gobierno. Es un síntoma común en el resto del continente. Una vez pasadas las fases de emergencia social que vivían todos los países, herederos de deudas externas asfixiantes, del desmantelamiento de la educación y la salud neoliberal y la zozobra institucional, marcada en un profundo descreimiento de la clase política, la policía, las fuerzas armadas y la justicia. Pasado ese flagelo, aunque no desaparecido, ya que la práctica eliminación del analfabetismo, el pleno empleo y la toma en mano por parte del Estado de los instrumentos que pueden combatir la falta de infraestructuras y el desgobierno, no son suficientes y si bien la inclusión ha marcado récords históricos que la ONU no se cansa de subrayar, quedan nichos irresolutos.

Pero además de seguir erradicando la exclusión de esos nichos, las clases que han visto su nivel de vida ascender, exigen para sí, ajustes en las condiciones de existencia. Por un lado los anhelos de esa gente han variado y sus expectativas de futuro se transformaron. Por otro lado, los modelos inclusivos desarrollados por los gobiernos progresistas latinoamericanos tarde o temprano chocan con el poder de las corporaciones y se encuentran maniatados por Constituciones obsoletas y que fueron concebidas desde otra mirada ideológica.

Las ropas chicas de los pueblos

No es casual que las posibilidades de transformación en Bolivia, Ecuador y Venezuela hayan ido de la mano de una Asamblea Nacional Constituyente que enfrente ese poder corporativo reaccionario y se esté clamando en Brasil, Argentina y Uruguay la necesidad de imprimir cambios más rotundos a la legislación para poder acometer cambios estructurales.

Es imposible desenquistar la corrupción instaurada durante siglos y estructurada alrededor de conceptos territoriales, de propiedad, de cultura y de derecho que aseguraban la continuidad oligárquica en el poder, sin afectar esos intereses y sin dar pelea. Hasta este siglo los gobiernos que insinuaban estas reformas eran militarmente destituidos y desacreditados en el concierto global. Esa regla está cambiando, porque los pueblos han evolucionado. La instrucción y el ocaso sistémico del modelo capitalmonopolista lleva a los pueblos a ambicionar un mundo diferente.

Este fenómeno que podríamos considerar globalizado, tiene en el continente sudamericano estructuras organizadas que avalan, fomentan y apoyan esta sensibilidad política, este reclamo espiritual legítimo. Disponer de gobiernos que en vez de reprimir, avasallar y silenciar, se convierten en motores de esta evolución es un hecho histórico remarcable.