Durante el 3er Simposio del Centro Mundial de Estudios Humanistas, que tuvo lugar en noviembre en diferentes puntos del planeta simultáneamente bajo el lema “Un Nuevo Humanismo para una Nueva Civilización”, Paula Cochat desarrolló en Parque Toledo la ponencia «El Sentido de la Acción Social». Casi al final se preguntaba «…Está llegando el tiempo en el que los ciudadanos podrán ser llamados a organizar la ayuda social, como en tiempos de catástrofes naturales, frente a la desarticulación de la protección social estatal. ¿Dejaremos que las organizaciones humanitarias hagan todo el trabajo paliativo, o trabajaremos para dar profundidad y alcance a la acción social?…». Debajo la ponencia completa.

Esta comunicación se basa en las reflexiones efectuadas en el ámbito del trabajo desarrollado en el CESTHAC – Centro de Estudios y Acciones Humanistas y en mi experiencia personal en tanto miembro de la asociación “Amigos da Rua” (“Amigos de la calle”) que trabaja con los sin casa en la ciudad de Oporto, Portugal.

En estos días, merced de un sistema político y económico centrado en el individualismo, en la especulación financiera promovida por la banca y por los grandes grupos económicos, en el retroceso del Estado en tanto garante de las condiciones mínimas de supervivencia de sus ciudadanos, el mundo occidental vive en una situación de ruptura profunda del ser humano con su propia esencia, su humanidad.

Se asiste a un intento consciente de “cosificación” del ser humano, llevando a que las sociedades adopten hoy en día comportamientos que las aproximan peligrosamente a estadios naturales primitivos, en que los instintos de supervivencia, de satisfacción inmediata de los deseos individuales, el ansia de tener y preservar el poder, se vienen sobreponiendo a la propia naturaleza del ser humano, en tanto sujeto de cambio y transformación de su medio histórico y social, basado en una intencionalidad que le permite “ser y hacer el sentido del mundo” (Silo, Acerca de lo humano; 1983).

La situación descrita propicia hoy el surgimiento de numerosas entidades con objetivos sociales que tienen por objeto resolver la insuficiencia de las respuestas institucionales a las situaciones de pobreza y de exclusión de los ciudadanos, encuadrándose, a veces,  más en el humanitarismo – cuyo objetivo no pretende cuestionar las estructuras que dan lugar a esos fenómenos – que en el humanismo consciente, transformador. Sin embargo, esas acciones puntuales son susceptibles de ser profundizadas y ampliadas.

Profundizar sobre estas acciones nos lleva a encontrar en su base un impulso positivo de ayudar a otros, de reducir su sufrimiento. A primera vista, ese impulso es determinado por varios factores: por la historia personal de cada uno, por sus raíces, por su camino individual y colectivo, por su estado sicológico y afectivo, por su situación laboral y por las circunstancias sociales y económicas del momento.

Cierto es que las justificaciones internas de tales acciones no son sólo desinteresadas y altruistas. Con ellas también intentamos compensar situaciones personales de sufrimiento variadas, como la soledad, el fracaso, la culpa y esos sentidos provisorios pueden llegar a primar. Sin embargo, optar por ayudar, además de constituir un acto de libertad, ya constituye un primer paso para la superación del propio sufrimiento.

De hecho, el impulso de ayudar (o la acción voluntaria) tiene “una utilidad vital o sicológica” que hace que a través de una relación desinteresada e altruista con los otros, cada uno consiga equilibrar sus tensiones internas. Y además de eso, ese impulso permite plasmar un “significado interno” en el mundo (Silo, El Voluntario, 1980).

En verdad, detrás de ese impulso solidario se revela una aspiración de justicia y de libertad, una búsqueda de un sentido válido para la existencia, un sentimiento de fraternidad, un impulso para superar los límites personales, “de saltar sobre uno mismo” y con todo eso, se descubre la humanidad en el otro (reconocimiento del otro en mi e de mi en el otro).

Esta dimensión de la acción social se realimenta en la medida en que hacemos coincidir lo que pensamos con lo que sentimos y hacemos; así como el trato que damos a otros con el que pedimos para nosotros. Esta acción válida, que se afirma por sí misma, nos libera y libera, y con eso la acción social cobra profundidad y alcance.

Es esa experiencia interna que nos sostiene cuando nos confrontamos con situaciones de falta de salud física y mental, de dolor, de falta de esperanza, cuando por más que intentemos ayudar a otro a volver a centrarse en su propia humanidad, ya no llegamos a tiempo y apenas se nos permite minimizar su sufrimiento ofreciendo afecto, a veces sólo una sonrisa, cuidando de su alimentación, abrigo e higiene, exigiendo también de los poderes públicos una actuación adecuada a cada situación.

Esa realidad nos lleva a no despreciar la acción paliativa, ni a prescindir de la misma cuando es necesaria, pero sin desconectarla de una dirección liberadora como estrategia de inclusión.

Esa estrategia de inclusión tiene que plantear la acción social como un conjunto complejo e integrado de acciones en el que el ser humano, en tanto sujeto activo en todo el proceso transformador y liberador, contacte con su Propósito vital y defina su proyecto de vida basado en el mismo. Y definirlo en términos de reciprocidad, responsabilizándose por las necesidades de los otros, constituyendo un eslabón más en una cadena creciente de solidaridad y humanización.

Paralelamente, como humanistas, buscamos ir a la raíz de los problemas que afectan a los seres humanos desfavorecidos y discriminados, cuestionando la violencia que se desprende de las estructuras económicas, sociales y políticas, y exigiendo que estas se orienten para la satisfacción de los derechos humanos. Por otro lado, identificamos el retroceso del Estado Social como una oportunidad para una intervención cívica, cooperativa y transformadora, con respeto por la diversidad personal y organizativa.

Hoy, en este rincón europeo, estamos confrontados con una situación en donde los derechos se convierten en servicios a pagar y en donde las empresas privadas van sustituyendo a los Estados en la prestación de los mismos. Sin embargo, ese esquema tiende a dejar fuera a mucha gente, la cual desamparada y angustiada clama por ayuda. Está llegando el tiempo en el que los ciudadanos podrán ser llamados a organizar la ayuda social, como en tiempos de catástrofes naturales, frente a la desarticulación de la protección social estatal. ¿Dejaremos que las organizaciones humanitarias hagan todo el trabajo paliativo, o trabajaremos para dar profundidad y alcance a la acción social? Es en esta segunda hipótesis en la que apostamos, propiciando que los registros profundos que acompañan la acción social puedan inspirar las bases de la nueva civilización que auspiciamos.

 

Paula Cochat

Parque Toledo, 03/11/2012