Publicamos el texto enviado por  Akop Nazaretián al V Simposio del Centro Mundial de Estudios Humanistas recién desarrollado en Attigliano.

Se documenta el desarrollo de la conferencia, con los comentarios del académico ruso, en el vídeo de Fulvio de Vita acá abajo:

El canal de los vídeos del V Simposio Internacional del Centro Mundial de Estudios Humanistas es:

https://www.youtube.com/channel/UCxW153VS4isYNZhISO7GUDQ

La conciencia humanista como un imperativo de supervivencia de la civilización de la Tierra en el Siglo XXI

De hecho, la gente que vive actualmente es la más importante que jamás haya caminado sobre la superficie del planeta, ya que determinará si logramos este objetivo o descendemos al caos.

El futuro de la inteligencia

Hemos creado la civilización de la Guerra de las Galaxias, con emociones propias de la Edad de Piedra, instituciones medievales y tecnología divina.

La conquista social de la Tierra

Alegóricamente y con cierta dosis de lo grotesco, se podría decir que hoy día nuestras esposas terrestres están dando a luz a dioses en potencia, los cuales en perspectiva, perdiendo muchas cualidades del mundo que hoy conocemos, van a adquirir rasgos de la esencia tradicionalmente celestial – supra-humana –, incluyendo algunas formas de inmortalidad y de dominio del cosmos. O, quizá, ellas pueden estar pariendo a una generación de suicidas, destinados a derrumbar definitivamente el edificio de la civilización en la Tierra…

Futuro No-Lineal

Estamos viviendo en una época en la que la concepción del mundo humanista deja de ser una cuestión de gustos o de diversidades ideológicas, sino que se convierte en el imperativo de supervivencia de la antropósfera. Lo dicho no es un metáfora ni una reflexión filosófica, sino el resultado de las investigaciones científicas y cálculos matemáticos que se basan en los más eminentes descubrimientos de los últimos decenios en cosmología, geología, biología evolutiva, antropología, sociología y psicología histórica.

A continuación, presentaré muy esquemáticamente los argumentos que han sido desarrollados en detalle y con todas las referencias necesarias, en el libro “Futuro No-Lineal”. El libro está traducido desde el ruso al español por Hugo Novotny y publicado por la editorial argentina “Suma Qamaňa” en 2016.

Ya en los 1970-1980s fue demostrado y comúnmente reconocido que la historia y prehistoria humana, la de la biosfera y la del Cosmos, habían constituido un solo proceso progresivo, sucesivo y unido por ciertos vectores universales. Básicamente, en el transcurso de los ≈14 mil millones de años (a partir del horizonte de nuestra observación retrospectiva) el Universo ha evolucionado desde las condiciones más caóticas, casuales y simples hacia las condiciones cada vez más complejas y organizadas. Entre los fascinantes efectos de ese proceso progresivo se encuentra nuestra conciencia y la cultura espiritual (ver Fig.1).

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Fig.1. La flecha de tiempo cosmológica (Eric Chaisson)

Más tarde fue demostrado que, a pesar de los vectores continuos, la dinámica de la evolución universal no había sido homogénea. A saber, en los primeros mil millones años después del Big Bang, la velocidad de las transformaciones progresivas en el Universo iba bajando hasta el momento en que los elementos pesados fueron sintetizados en las entrañas de las estrellas de la primera generación y expulsados al espacio cósmico. A diferencia de las formaciones más simples, los elementos pesados necesitan energía desde afuera, y así se formó un nuevo mecanismo de auto-organización relacionada con la competencia por las energías libres. A partir de entonces comienza el segundo hongo: la evolución subsecuente se dirigió hacia las estructuras orgánicas y la materia viva – y la ralentización fue reemplazada por la aceleración y, paralelamente, localización del proceso evolutivo (ver Fig.2)

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Hace 4.5 mil millones de años surgieron el Sol y la Tierra, la que fue pronto “contagiada” con los primeros organismos bióticos. Hoy día tenemos importantes razones para suponer que inicialmente la vida sí había aparecido fuera de la Tierra; sólo uno de varios argumentos es que las primeras huellas de los organismos más primitivos preceden al surgimiento de los océanos. Y así, casi seguro, hubo otros puntos de concentración de los cuerpos vivos más allá de nuestro planeta, donde pudo haber comenzado el nuevo giro de la evolución cósmica.

Y al bajar del cielo, encontramos la precisión impresionante con que estuvo encarnado el proceso de aceleración. Así lo han mostrado los cálculos realizados por tres grupos interdisciplinarios totalmente independientes y sin ninguna relación entre ellos que trabajaron en Australia, Rusia y los EEUU usando diferentes recursos, tradiciones, nacionales y profesionales e inclusive diferentes aparatos matemáticos.

Resulta que durante los ≈4 mil millones de años, a pesar de las múltiples fluctuaciones geológicas, geográficas, climáticas y cósmicas, la aceleración ha encarnado una fórmula elemental: los intervalos entre las catástrofes globales seguidas por las transiciones de fase se han ido acortando consecuentemente de acuerdo con un simple logaritmo, como si existiera un horario. Y la historia del ser humano con su “libre albedrío” e incesantes locuras, se inscribe orgánicamente en esta regularidad (ver Fig.3).

Fig 3. La hipérbole de la evolución planetaria (Alexander Panov)

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Pero ni siquiera eso es lo más sorprendente. Como ninguno de los investigadores se pudo abstener de extrapolar la hipérbole hacia adelante, todos llegaron independientemente a la misma conclusión: a mediados del siglo XXI la curva se transforma en una vertical. Es decir, la velocidad de transformaciones globales se precipita a lo infinito y los intervalos entre las transiciones de fase desaparecen. En lenguaje matemático, el punto de la curva donde el valor de la función se convierte en infinito, se denomina Singularidad.

¿Qué realidad objetiva se esconde detrás de esa deducción matemática? La inferencia más verosímil es que nos estamos acercando a una grandiosa bifurcación que no tiene precedentes comparables por su significación en la historia de la humanidad ni en la historia de la vida. Probablemente, la intriga de los mil millones de años en la evolución de la Tierra se ha de resolver en los próximos decenios, y cómo va a ser ella resuelta es el problema de las generaciones actuales.

Detrás de la Singularidad, puede comenzar la rama descendente de la historia planetaria con degradación de la antropósfera y biosfera; el atractor de tal tendencia implica que la Tierra volverá a ser un cuerpo cósmico “normal”, como la Luna o Marte, libre de la res cogitans y hasta de la materia viva. La otra posibilidad es que el ciclo planetario de la evolución se transforme en un gran ciclo cósmico, acompañado de profundas transformaciones en el ser humano y la difusión de una “onda de choque intelectual” hacia afuera del planeta-cuna.

Los astrofísicos y los Gestalt-psicólogos han mostrado que el diapasón de control y manejo deliberado de masa y energía cósmicas no tiene límite, y en consecuencia, es ilimitada la escala de influencia intelectual en los procesos metagalácticos. Mientras tanto, todos los esfuerzos por registrar unos mínimos signos de la influencia intelectual en el cosmos son vanos; aunque, teóricamente, algunos puntos de evolución deberían de haber superado considerablemente a la Tierra. De allí la actualidad de la llamada Paradoja Fermi (formulada por el físico italiano allá en los 1950s): “¿Y donde están ellos?“

Durante años prevalecieron las referencias al insuficiente nivel de desarrollo de las tecnologías astronómicas. Surgían también algunas hipótesis exóticas, como la de que las civilizaciones inteligentes se esconden de los agresivos y malignos humanos. Sin embargo, últimamente, ha tomado fuerza una versión diferente, basada en el análisis de los episodios de cambios bruscos en la evolución de la Tierra. Como se vio, vivimos en este planeta gracias a que cada una de las fases catastróficas ha sido resuelta con saltos hacia adelante, aún cuando pudieron haber acabado con degradaciones globales e interrupción del proceso evolutivo. Considerando el Principio sistémico de implementación (todo lo que puede ocurrir, sí ocurre), debemos suponer que todos los posibles escenarios y todas las vías muertas se realizan en el Cosmos. Entonces, muy pocos de los hogares planetarios de vida evolucionan tanto como para producir una inteligencia cosmológicamente relevante; los demás, quedan como “material de descarte” en la evolución universal.

Posiblemente, uno solo (¿o ninguno?) de tantos caminos conduce al éxito. Nuestro planeta ha avanzado muy lejos en su camino, y ahora se está resolviendo si podrá o no avanzar hacia adelante. Y lo que nos podría ayudar a orientarnos son algunos descubrimientos recientes en antropología, sociología y psicología, referidos a los mecanismos fundamentales de viabilidad. La sostenibilidad exterior (Se) del sistema social (su resistencia contra las fluctuaciones naturales o geopolíticas) es proporcional al desarrollo de las tecnologías: los retrasados corren más riesgo de caer víctimas de sociedades más progresivas, de cambios climáticos bruscos, etc. Mientras tanto, las tecnologías avanzadas hacen a la sociedad menos resistente contra las fluctuaciones en el ánimo de las masas, las locuras individuales y otras casualidades dentro del mismo sistema (baja la sostenibilidad interior (Si)). Así, la viabilidad sumaria depende del balance entre el creciente poder tecnológico y la cualidad de autorregulación (moral, derecho, etc.) garantizada por la cultura humanitaria (ver Fig.4).

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Fig. 4. El modelo de balance tecno-humanitario. T – el potencial tecnológico; R – calidad de regulación cultural; g, f – funciones. T > 0, porque sin tecnologías en total ya no se trata de una sociedad sino un rebaño.

Este mecanismo de balance tecno-humanitario ha tenido efectos dramáticos en el transcurso de milenios. Muchos países, imperios y civilizaciones que no supieron equilibrar oportunamente el creciente potencial, destruyeron las condiciones naturales y (o) geopolíticas de su existencia y cayeron víctimas de su propio poder descompensado: la historia humana fue una y otra vez retomada por los que habían podido ajustar sus valores y normas ante el poder acrecentado. Más de una vez, las crisis y catástrofes antropogénicas provocadas por los desbalances de ese tipo han llegado a una escala global, aunque por ahora, la humanidad en su conjunto ha logrado superarlas y avanzar.

El aspecto positivo del mismo mecanismo se manifiesta por un efecto paradójico. Mientras que el poder destructivo de las armas como la densidad demográfica han ido creciendo durante milenios (resultando así que el homicidio es cada vez más sencillo técnicamente), la intensidad de homicidios o Bloodshed Ratio (BR) – la relación entre el número promedio de muertes violentas en un período dado (K(∆t)) y el número total de la población (P(∆t)) – iba sucesivamente bajando (ver Fig.5).

Fig.5. La fórmula de la intensidad de la violencia social.

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Una ilustración particular de la reducción relativa de la violencia social, nos proporciona el cálculo comparativo de las mortalidades violentas en Europa y EEUU del siglo XX (con las dos guerras mundiales, dos guerras civiles y los campos de concentración) y en ocho tribus paleolíticas. Presten atención a que el autor de esa tabla menciona solamente el homicidio entre los hombres adultos, ignorando el infanticidio que es muy típico entre los paleolíticos (ver Fig.6).

Fig.6. Porcentaje de muertes de hombres adultos en conflictos armados (Lawrence Keeley)

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La tendencia a la reducción de la violencia ha sido sucesiva, aunque nunca lineal. Particularmente, en el primer decenio de ese siglo fue alcanzado el récord histórico de no-violencia: según los datos de la ONU y la OMS, la suma de muertes violentas en el mundo no superaba las 500.000 en un año, mientras que la población mundial se acercaba a 7 mil millones (y la cantidad de suicidios anualmente superaba los 800.000). Pero el segundo decenio está marcado con una creciente violencia. El sistema geopolítico global se va destruyendo, el derecho internacional queda como un recuerdo nostálgico y el juego de ambiciones del momento ignora totalmente la perspectiva de la civilización planetaria.

Los psicólogos diagnosticamos últimamente una brusca caída de la calidad intelectual del pensamiento político, el cual se vuelve cada vez más impulsivo y contra-productivo. Durante la “Guerra Fría” (lo pongo entre paréntesis, porque cerca de 25 millones cayeron muertos en sus frentes) los líderes estatales estaban preocupados por los consecuencias globales de sus acciones descuidadas. Pero la euforia de la victoria ha provocado síntomas de la epidemia que el científico alemán Peter Sloterdijk ha llamado catastrofofilía: un anhelo irracional de “pequeñas guerras victoriosas”. Los síntomas se están intensificando, lo que hace la situación similar al estado mental de los europeos en vísperas de la primera guerra mundial, pero esta vez a escala planetaria y con tecnologías mucho más destructivas. Si los pueblos del mundo no desemborrachan a sus élites y ese bacanal político continúa, pueden esperarse los peores escenarios para la Tierra.

Ahora, la intriga clave de los próximos decenios consiste en si la civilización de la Tierra adquirirá una relevancia cosmológica o tomará una más de las vías muertas. La viabilidad de nuestra civilización dependerá radicalmente de la capacidad de ajustar progresiva- y dinámicamente -la mentalidad política a la aceleración del desarrollo tecnológico. Y eso, a su vez, se concentra en el problema de los sentidos de vida estratégicos que tradicionalmente se han basado más que nada en la imagen del enemigo (confrontación ellos – nosotros). Las ideologías que conmovieron el siglo XX han perdido su fascinación y la que resulta por ahora la más resistente – el liberalismo de mercado –, separada de su base protestante, ya no proporciona los sentidos esenciales. El vacío de sentidos ha reclamado las ideologías medievales para llenarlo: los extremistas religiosos venden sentidos caducos destinados a la mentalidad primitiva y así ganan cada vez más nuevos fanáticos.

Pero no podrá ser planetario ni menos aún cósmico, un intelecto que se identifique con tal o cual nación, raza, clase, confesión etc.; su trasfondo destructivo, en combinación con las tecnologías modernas, lleva a la autodestrucción definitiva de la antropósfera. En esa condición, el humanismo que por su esencia excluye a las confrontaciones como material para construir sentidos, claramente resuena con la ciencia moderna y nos proporciona la vía magna del destino de nuestro planeta. Y los políticos activos que primero asimilen la nueva argumentación, podrían aumentar radicalmente su influencia internacional…