Por: Billy Navarrete

Fotos: Vicente Gaibor

Una nave, bastante descuidada por el paso del tiempo, se encuentra fondeada en medio de Guayaquil. Me refiero al legendario complejo de departamentos denominado Casas Colectivas, que parece ser un gran buque con 350 familias abordo rodeado por el inmenso mar urbano guayaquileño. Un viejo espejo roto o un extraño caleidoscopio humano que permite contemplar las aguas profundas de este puerto a orillas del río Guayas.

El buque fue construido en la década del 50 y nadie sabe con precisión cuando quedó a la deriva, sin capitán ni rumbo, en pleno centro urbano. Está compuesto por 2 bloques simétricos de 4 pisos de altura, separados por un callejón sin salida –el corazón efervescente del buque- por el que transitan obreros de mil oficios, mujeres que aman las ventanas y chicos en llamas.

Las Casas Colectivas son una comunidad en aislamiento voluntario que a lo largo de 6 décadas ha crecido hacia adentro, en sentido centrípeto. Los tripulantes, polizontes y náufragos que la habitan no esperan llegar a tierra firme y tampoco piensan abandonar la nave. Supongo que mucho efecto ha tenido sobre ellos la forma particular del buque, con 8 patios interiores compartidos entre los cientos de personas que viven en los 96 departamentos.

Creo que los inquilinos de las Casas Colectivas experimentan lo mismo que aquellos que han navegado por largos periodos en alta mar: una fuerte dependencia hacia las personas con quienes se comparte la travesía entre el océano y el cielo, un fortísimo vínculo de hermandad, el reconocerse como conjunto de al menos 3 generaciones.

En marzo pasado entré por primera vez al buque, luego de que el Gobernador del Guayas dijera súbitamente en los medios de comunicación que “se evaluará la demolición (de estas casas colectivas) para implementar un centro de salud”. Así conocí a Teresa, quien había llegado a Guayaquil desde la Península de Santa Elena cuando tenía 10 años. Ella me contó que en las ‘Colectivas’ alguna vez se llevaron a cabo las más grandes fiestas de esta ciudad. “Aquí se presentaron famosas orquestas de salsa y mucha gente venía (…). Yo de jovencita iba a los cines Fénix y Guayas. Recuerdo que había guardias en las escaleras y que, a determinada hora, se cerraban las puertas que conducen a los patios”, me contaba Teresa en su estrecho camarote. Afuera, en el callejón, caía la tarde, y un grupo de trabajadores había colocado un gran parlante con música a todo volumen. Bebían cerveza Pilsener Light.

Teresa continuaba: “aquí crecí, me enamoré y me casé. Mi esposo vivía frente a mi casa, compartíamos el mismo patio. Tuvimos 3 varones y 5 mujeres. Todos ellos ahora están casados con personas que conocieron aquí y aquí se han quedado. Así mismo, ellos tienen hijos ahora. Uno de mis nietos ya se casó, también con una vecina, y aquí viven”. El complejo es propiedad del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), e inicialmente todos sus ocupantes fueron afiliados que alquilaron departamentos. Hace una década, la institución dejó de atender el lugar. Algunas familias se fueron, pero otras crecieron y ocuparon los sitios vacíos. El lugar fue convirtiéndose en un complejo torbellino de ocupaciones irregulares, una posada para quienes no tienen a donde ir.

Ingrid llegó hace algunos años a Guayaquil huyendo de la violencia de su natal Popayán, Colombia. Durante algún tiempo estuvo con su pareja, Andrés, de un lado a otro por la ciudad. Tenían que abandonar las viviendas que alquilaban al cabo de unas semanas a causa del estigma que cargan a cuestas por ser colombianos. Cuando trabajaba como vendedora ambulante de empanadas se enteró de que en las ‘Colectivas’ había un departamento desocupado recientemente y allí fueron a refugiarse. Su camarote tiene una ventana a la que cubren delgadas cortinas y ninguna reja. Ahora Ingrid vive sola porque Andrés está en prisión con tuberculosis. Ella dice que un policía que custodia la nave desde la pequeña dependencia policial instalada en la esquina, lo “cargó con droga”. Ingrid tiene miedo porque el policía sabe que está sola. La otra noche, ebrio, golpeó su puerta en la madrugada.

Hace pocas semanas fui a la Gobernación del Guayas y me reuní con dos funcionarios del Área de Seguridad Ciudadana a cargo de cumplir con la orden de demoler el sitio. Me dijeron que no había marcha atrás, que los inquilinos deberían pagar la deuda atrasada y que con esa condición algunos serán reubicados en el Plan Habitacional Socio Vivienda 2. Vi un abismo gigantesco justo frente de la nave, entonces fui a avisar a sus tripulantes para dar un urgente golpe de timón.

Había comenzado a caer la noche. Cuando entré al buque noté algo extraño en el ambiente. Como si todos, hombres, mujeres y niños, se estuviesen preparando para un simulacro de salvación. Nada de eso. Los navegantes se habían juntado en la ancha proa de la nave para el clásico partido de fútbol de todos los lunes, que suele extenderse hasta la madrugada. Hablo con Samuel y Eugenia, de la joven directiva de familias, les cuento mi conversación con los funcionarios, y ellos, en ese rato, convocan a una asamblea que tiene lugar en la cancha.

Mientras miro a la gente juntarse, caigo en cuenta de la enorme cantidad de niños tripulantes, que siempre están jugando por todos lados, saltando, gritando y corriendo en los patios hasta muy tarde en la noche. Ahora estoy más que convencido de que los niños son el antídoto que hechiza a monstruos marinos, espantos y demonios que también deambulan por los corredores húmedos de las colectivas, como en todo barco que se respete.

Esa noche los habitantes de las ‘colectivas’ acordaron quedarse y trabajar más que nunca para recuperar la nave “aunque sea lo último que hagan”. Han comenzado a reunir dinero entre ellos para pintar los patios, e invitado a muralistas guayaquileños para sacar provecho de su bello espacio compartido. Los trabajos están en curso y recientemente han iniciado una campaña para evitar el desalojo, para recuperar esta nave insigne de Guayaquil. La primera de este modelo arquitectónico construido en el Ecuador.

El 27 de septiembre pasado el Gobernador del Guayas fue a las Casas Colectivas rodeados de medios de comunicación y anunció que a finales de diciembre se realizará el desalojo y la demolición del complejo sin opción a la defensa a los dirigentes de las familias.

En el marco de la realización de la Cumbre Mundial Habitat 3 en Quito, se desarrolló el 17 de octubre la V Sesión del Tribunal Internacional de Desalojos dentro del Foro Social Popular Hábitat III que en su veredicto citó el caso de Casas Colectivas como comunidad amenazada por desalojo forzoso. El tribunal establece que estos procedimientos están “prohibidos por el derecho internacional de los derechos humanos, los cuales han afectado principalmente a niños, mujeres, migrantes, adultos mayores y otros colectivos y minorías.

Estos desalojos, lejos de representar casos aislados, son fruto de un modelo de desarrollo de las ciudades y los territorios que prioriza el negocio inmobiliarios y las guerras por sobre los derechos, y de autoridades que se muestran cómplices de esta situación”.

Aquella imagen del barco fantasma lleno de condenados se ha disuelto completamente en mi cabeza. Lo que ahora veo es, sobrevivientes que hacen “de tripas corazón”, pese a la indiferencia colectiva, en medio de esta ciudad sin rumbo.

 

Nota

Vicente “Vicho” Gaibor, actualmente colabora con el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos de Guayaquil (CDH), llevando a cabo el registro fotográfico del caso de las ‘Colectivas’ de Gómez Rendón. vicentegaibor.com

Billy Navarrete es defensor de Derechos Humanos y documentalista. Actualmente realiza el registro audiovisual del caso de las ‘colectivas’ de Gómez Rendón y su incierto destino. Considera que la presencia de la cámara influye positivamente en el acompañamiento a comunidades movilizadas que reclaman sus derechos humanos.